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CINCO COSAS QUE NO DEBERÍAIS REGALAR A UN ARQUITECTO

Nuestro amigo José Ramón Hernández correa, nos hace llegar este delicioso y divertido post que a buen seguro hará las delicias de tod@s vosotr@s.

A los arquitectos nos gustan los regalos (en eso somos como todo el mundo). Pero es verdad que a veces algunos nos pueden incomodar un poco (en eso sí somos raritos).

Permitidme que, basándome en mi propia experiencia, os ayude a evitar alguna mala situación si tenéis la desgracia de veros en la tesitura de regalarle algo a un arquitecto.

 

Os doy algunas pistas de cosas que es mucho mejor no regalarnos:

1.- Libros de arquitectura. Los libros de arquitectura nos apasionan en sus dos modalidades: tanto los de muchos dibujos y fotos como los de texto sesudo e inextricable. Pero nos gustan los que nos gustan y odiamos (o despreciamos, o miramos por encima del hombro) todos los demás. Así que, os tendríais que asegurar antes muy bien o, en caso de duda, buscar otra cosa que no sea un libro. Si es de un arquitecto o de un crítico que admiramos es muy probable que ya lo tengamos, y si es de otro lo más seguro es que empecemos a dar voces de indignación cuando se empiece a atisbar la portada al ir rompiendo (perdón, despegando cuidadosamente) el papel de regalo.

Por ello, tan solo podéis intentarlo si antes habéis desatado la lengua del arquitecto a base de cerveza o habéis hecho una labor de espionaje que deje en pañales al agente Smiley. Si no es así mejor no regaléis un libro.

2.- Útiles de dibujo. A los arquitectos nos chiflan los cachivaches de escritura y de dibujo. Además, en este caso no importa si ya los tenemos, porque casi todos (papel, barras de grafito, acuarelas…) son consumibles y hay que reponerlos, por lo que siempre es bueno contar con una buena provisión; y los que no son fungibles (pinceles, portaminas, plumas…) nos gusta tenerlos repetidos. Es una manía. Pero hay un problema: ¿Le regalaríais una caja de cañas de saxofón a un saxofonista? ¿De qué tipo? ¿De qué dureza? Ni idea. ¿Le regalaríais un bote de cebo a un pescador? No, ¿verdad? Pues si los saxofonistas y los pescadores son estrictos con sus cosas los arquitectos no es que seamos estrictos, es que somos maniáticos. Uy, este papel es demasiado liviano para mi gusto; estos lápices de colores demasiado duros; este rotulador no corre bien. Qué colores más apagados, o qué vivos, o qué yoquésé.

De nuevo, tendríais que contratar a Smiley para que os hiciera un informe. Nada. Mejor otra cosa.

3.- Lladrós y compañía. Cuando terminamos la carrera siempre hay alguien (padres, abuelos, pareja…) que quiere conmemorarlo con algún objeto decorativo y lo más suntuario posible que aluda a nuestra envidiable (¿eh?) profesión en ciernes. La figura de porcelana de Lladró que muestra un arquitecto joven y esbelto, con traje, casco y rollo de planos, es el summum, pero es carísima. Hay sucedáneos más baratos que hacen el mismo pésimo efecto. No os gastéis el dinero en eso, de verdad. Un verdadero arquitecto detesta esos mimos y esas distinciones porcelánicas, que son bastante ridículas en su fallida bonitez.

4.- Llaveros y similares. En esa misma línea rimbombante y florida hay llaveros, alfileres de corbata, insignias y demás ferralla que exhiben el escudo de la profesión: ese anacrónico compás y esa ya inconcebible corona de laurel. No, no y no. No regaléis esas cosas, por favor. No nos pongáis en el apuro de tener que lucir ese escudo -bastante trasnochado- en objetos del todo inapropiados y que nos ruborizan bastante.

¿Sabíais que existe el uniforme de gala de arquitecto (solo varón, por supuesto) y que se puede uno casar vistiéndolo? Pues a quien lo haga o lo haya hecho de esa manera sí podéis regalarle los gemelos con el escudo, pero solo a ese.

5.- Complementos de vestuario. Se ha instalado en el sentir general que a los arquitectos nos gusta llamar la atención con nuestro atuendo -en el fondo esta es una profesión de llamar la atención-, y que para ello vamos disfrazados con gafas redondas, pajaritas, tirantes anchos y trajes negros. Pero si así fuera conseguiríamos justo lo contrario de lo que se supone que pretendemos, ya que iríamos de uniforme. (Aquí hablo de los varones; en mujeres hay más variedad). Por eso, no es buena idea regalarle a un arquitecto algún chirimbolo de esos. Casi todos vestimos de una forma tan normal que es incluso anodina, y quienes quieren dar la nota ya la dan ellos a su manera.

Creo que cualquiera de estas cinco cosas que he dicho tienen algo de verdad, pero casi todo de mentira. Es mentira. No os privéis de regalarle a un arquitecto lo que sea, lo que os apetezca, lo que os guste. Somos personas, y nos hace muchísima ilusión que nos regaléis algo con cariño. ¿Un libro de arquitectura que ya teníamos? Pues así tenemos dos, uno para subrayar y el otro para que esté limpito. ¿Uno de un autor que odiamos? A lo mejor le echamos una ojeada y nos dice algo. ¿Unos lápices demasiado grasos? Pues a manchar y a probar con papeles diferentes, a ver qué sale. ¿Un arquitecto de cerámica? Lo pongo aquí, encima de esta mesa (y, oye, si se cae al limpiar pues mala suerte), que me lo ha regalado el tío Alfredo con todo su cariño. ¿Un cinturonaco cuya hebilla es el escudo de la profesión? Pues a apretármelo bien y a salir a la calle pisando fuerte, dispuesto a cobrar honorarios y a lo que sea. ¿Un sombrero amarillo? Pues a… a… a yo qué sé qué.

Autor del post: José Ramón Hernández correa.

Y ahora que ya sabemos lo que no mola de regalo para un arquitecto, te animamos a echar un ojo a la web de ARQUIREGALOS, para ver lo que SÍ podemos regalar a un arquitect@.

Acceder a las web REGALOS ARQUITECTOS

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